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En el mundo del patrocinio, el ego forma parte del juego.

Y no me refiero solo al ego del CEO, sino al nuestro.

Puede darnos una motivación extra para cerrar acuerdos, pero también para firmar malos contratos.

Ser capaz de respirar y pensar con frialdad puede marcar una gran diferencia en el día a día.

Hace años, estuve negociando el primer patrocinador regional para una propiedad deportiva.

Ver mi nombre en la firma de ese patrocinio pionero me motivaba muchísimo, parecía un gran paso.

Era una marca internacional y había intentado contactar en varias ocasiones, con prisa por cerrar el acuerdo y empezar a activarlo.

La evaluación de compliance era positiva: la empresa era líder de mercado, patrocinaba los mayores eventos deportivos del mundo y la colaboración tenía todo el sentido.

Fueron dos meses de negociaciones hasta llegar a un acuerdo. Done deal.

En la redacción del contrato, fui prudente e incluí cláusulas de pago anticipado y de salida sencilla para minimizar riesgos.

Firmamos. Después de eso, solo problemas.

El pago nunca llegaba, escuchaba un montón de excusas, proponían pagar en efectivo, a través de varias empresas e incluso aumentar el importe para compensar el retraso.

Insistían mucho en poder anunciar el patrocinio y utilizar los derechos adquiridos.

Perdí semanas intentando confirmar el pago, buscando soluciones y creyendo que todo se resolvería.

Acabé renunciando, mucho más tarde de lo que debería.

Aprendí que saber renunciar también forma parte de la negociación.

No todo contrato que parece bueno merece ser firmado.

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